Hombres de negro
A J. Ángel Valente,
que asomado a la almena
contemplaba la Rosa.
Las tripas del antílope o el vejamen a la entrada del cementerio,
elige, pero no te demores contemplado esos cipreses robustos
en demasía para un tiempo escuálido de atardeceres con rosas.
La frígida contienda con el instinto, te lleva a la tumba, a esta hora
las mujeres lamentan haber traído al mundo a seres deformados
y pervertidos por la insalubre fetidez de la placenta esterilizada.
No quieras saber qué hacemos con nuestras manos grandotas,
pues de nada puede servirte conocer a quienes estamos de más,
quiero decir, a la sombra de los tiempos pensando la existencia.
Inoculamos la información expandiendo las redes del infinito.
No pienses que vemos la realidad o te vemos a ti mismo igual
que percibes con tus sentidos y te ves a ti mismo en el espejo.
Solo has de saber que, si eliges conscientemente entrar ahora,
habremos coincidido en el instante decisivo de la programación,
con lo cual pasarás a ser, no uno de nosotros, como seguramente
piensas, sino otra cosa distinta; esa cosa auto lumínica por la cual
somos nosotros quienes programamos la creación desde el vacío
destruyendo, ¿ cómo sino vamos a devolver el tiempo malgastado?
Así que entra de una vez, pasando por esas tripas tan asquerosas,
con tu boca abierta al sol, y sonríe, como una rosa resplandeciente,
porque eres el mismo; ayer, hoy y mañana. Amén, por ti tributamos.